Fecha de presentación: junio,
2020 Fecha de aceptación: agosto, 2020 Fecha de publicación: octubre, 2020
Lo
consciente nunca devendrá inconsciente, ni viceversa
The
conscious will never be unconscious, nor viceversa
Dr.C Rogelio Bermúdez Sarguera[1]
ORCID: http://orcid.org/0000-0003-3293-9242
Dra.C. Marisela
Rodríguez Rebustillo[2]
ORCID: http://orcid.org/0000-0003-3268-4593
Cita sugerida (APA, sexta edición)
Bermúdez
Sarguera, R. & Rodríguez Rebustillo, M. (2020). Lo consciente nunca devendrá inconsciente, ni viceversa. Revista Mapa, 4(21), 62- 80. Recuperado de http://revistamapa.org/index,php/es
RESUMEN
Abjurando de la figura del iceberg para representar la relación de
lo consciente y lo inconsciente, nos detenemos en este artículo bajo el
propósito de demostrar la vulnerabilidad psicológica de aquella concepción,
dada la improbabilidad teórica de que lo kprimero devenga lo segundo y viceversa.
Amparados tras el pensamiento dialéctico de la naturaleza, el iceberg del psicoanálisis “se derrite”,
cediendo paso a la estructura piramidal o sistémica con la que deben ser
observados los fenómenos sujetos a la investigación científica, en la que tampoco
debe pasar inadvertido el examen riguroso de lo ontológico y lo lógico en el
surgimiento y desarrollo del psiquismo como objeto de estudio de la psicología.
Complementación recíproca y mutua exclusión es lo que debe prevalecer entre
estas dos cualidades diferentes de la regulación psíquica humana.
Palabras clave:
aprendizajes inconscientes, dialéctica, lo psíquico, lo consciente, lo
inconsciente
ABSTRACT
Abjuring of the figure of the iceberg to represent the relation of the
conscious and the unconscious, we stop in this article with the purpose of
demonstrating the psychological vulnerability of that conception, given the
theoretical improbability that the first becomes the second and vice versa.
Sheltered behind the dialectical thought of nature, the iceberg of
psychoanalysis "melts", giving way to the pyramidal or systemic
structure with which the phenomena subject to scientific research must be
observed, in which the rigorous examination should not go unnoticed either. of
the ontological and the logical in the emergence and development of the psyche
as an object of study of psychology. Reciprocal complementation and mutual
exclusion is what should prevail between these two different qualities of human
psychic regulation.
Keywords: unconscious learning, dialectic, the psychic, the conscious, the unconscious
INTRODUCCIÓN
Inspirados en la estructura que ahora
conferimos a la relación de lo consciente y lo inconsciente, ya no como
iceberg, sino como isla-océano, en la que lo consciente podría devenir isla en
el océano del inconsciente (Bermúdez y Rodríguez, 2018), desearíamos detenernos
en una alternativa de solución a dicha relación: la dialéctica.
En consecuencia, la idea cardinal que ha de
pulsarnos, en primera instancia, es la de que todas las problemáticas que en la
palestra psicológica se generan y se sostienen, tienen su causa primigenia en
la comprensión de la dialéctica misma de lo consciente y lo inconsciente, como
contrarios de igual naturaleza. ¿Por qué ser tan enfáticos, una vez más, al
esgrimir esta forma de pensamiento, el dialéctico, para abordar uno de los fenómenos
psíquicos de mayor trascendencia como lo es la regulación psíquica, expresada a
través de sus cualidades diferentes, a saber, la inconsciente y la consciente?
DESARROLLO
En primer lugar, porque lo uno y lo otro se
presuponen, de manera que no sería lógicamente posible pensar que porque consideremos
que sus naturalezas son bien distintas, como cualidad de lo psíquico, lo
consciente poco o nada tiene que ver con la regulación psíquica inconsciente.
Lo uno no existe a espaldas de lo otro. El nudo gordiano que los une es
sencillamente innegable.
Aun cuando en su sistema teórico de relaciones
de generalidad y concomitancia, el conocido psicólogo norteamericano Goleman
(1997), entre muchos otros, apunta a la yuxtaposición confusa, irreconciliable
e incompatible de lo fisiológico y lo psíquico, advertida en los propios
conceptos que emplea y de la cual aún no ha podido escapar, dicho sea de paso,
creemos oportuno traer a colación sus ideas, a raíz de los postulados de
S.Freud sobre las formas de regulación de la vida psíquica: el inconsciente, el
preconsciente y el consciente. En este sentido, el autor expresa que
un esquema
activado domina la conciencia, emerge
y enfoca nuestra atención en una determinada dirección. Cuando caminamos por la
calle, sin percatarnos siquiera de la presencia de un perro, el esquema que se
ocupa de los perros se aproxima, sin embargo, a la región preconsciente [las cursivas son añadidas]. Por ello, en el mismo
momento en que escuchamos un gruñido, el esquema relativo a “perro“ –o incluso
a “mordedura de perro”— se activa muchísimo más y advertimos conscientemente [las cursivas son añadidas] la presencia
del animal. Pero mientras el esquema permanezca inactivo en la memoria a largo
plazo --en espera del momento de salir a la superficie--, se halla en una
región muy semejante al inconsciente.
(pp.121-122)
No es difícil advertir que la dinámica
resultante de lo psíquico humano no es otra cosa que la incidencia que ejerce
cada una de aquellas formas de regulación psíquica sobre la otra. Eso es poco
probable de negar. “Acción mutua [las
cursivas son de Engels] es lo primero que observamos cuando nos fijamos en la
materia en movimiento enfocada en su conjunto, desde el punto de vista de la
ciencia actual…” (Engels, 1982, p.196).
Pero, al mismo tiempo, ¿por qué se disimula o
diluye la explicación inherente a cada una de ellas por separado?, ¿cuál es el
contenido y dinámica propios de cada una de estas formas de regulación? ¿Dónde
reside su especificidad como dignidad de su propia universalidad: lo psíquico?
De considerarse lo consciente y lo inconsciente como una unidad dialéctica, la
representación esquemática del iceberg no tendría sentido y, en su lugar, ha de
emerger la figura del islote –lo consciente-- en el gran océano: el
inconsciente, en el que lo uno y lo otro coexisten y funcionan simultáneamente,
con el surgimiento de la conciencia de
sí, alrededor de los 3 años.
Representando la relación de lo consciente y lo
inconsciente como figura isla-océano, respectivamente, quisimos aprovechar el
significado geográfico de este fenómeno para denotar su simbolismo ambiguo,
presto a situar en las islas historias relacionadas con la iniciación de ritos
o sociedades secretas y en las que el héroe debe desafiar el gran riesgo,
enfrentándose a obstáculos de todo tipo: monstruos, trampas, tentaciones y
enemigos, con el objetivo de alcanzar el conocimiento de sí mismo, la madurez o
un tesoro material. La isla tiene una presencia significativa en el arte
y en las creencias religiosas. Su simbolismo se asocia a las ideas negativas de
aislamiento, confinamiento y muerte y, además, al lugar propicio para situar un
tesoro, una sociedad perfecta, el paraíso o las almas de los bienaventurados. Queremos
hacer notar que este simbolismo se ajusta coherentemente a nuestro concepto de
lo consciente, pues con el surgimiento de la conciencia de sí –lo consciente—
alrededor de los 3 años, el niño se percibe como una entidad diferente y
separada del mundo por el Yo, algo similar a lo que se define como isla: lugar
aislado, separado y confinado --a las ideas, a las creencias, a los conceptos,
al pensamiento, a la sociedad--, donde comienza a morir la adaptación natural
del organismo, la sabiduría originaria, para subordinarse a "los enemigos,
trampas y monstruos” que juzgan y condenan: la sociedad. Al mismo tiempo, el
propio desarrollo del conocimiento de sí mismo y el logro de la
autorrealización hacen que esa confinación en la isla dé sus frutos, con
el hecho de volver a la conexión con el origen universal. Es relevante señalar
que estas islas --el ser consciente— conectan al individuo, en su esencia, con
otros seres, aunque no lo perciba. Es justo esta la idea que defiende la
psicología humanista, al plantear que el ser humano es una totalidad, en la que
se expresa una unicidad con el entorno en sus más diversas formas de
manifestación, develando el carácter holístico de la concepción. Sucede que
mientras el hombre se refleja a sí mismo, identificado con sus creencias a
través de su parcialización –de naturaleza consciente--, es, al mismo tiempo,
separado de su entorno, hecho que no le permite salir de ese aislamiento, de
ese confinamiento, que, definitiva e ineluctablemente, lo conduce a la muerte
como ser natural.
Mientras que el contenido de lo inconsciente
ha de reducirse a las imágenes perceptuales o perceptos, el de lo consciente lo
hace a favor de los conceptos. Una cosa es percibir y otra, bien distinta,
pensar. Percibir y pensar son las dos caras de la misma moneda: la vida
psíquica humana. Por cierto, ¡las únicas! Con eso estamos subrayando, entre
otras advertencias, que conceptos tales como la atención y la memoria no
han de pertenecer al sistema epistemológico de la psicología. Los conceptos de atención y memoria deben contenerse en el cuerpo teórico de la fisiología,
mientras que el concepto de activación
le es inherente a todas las formas de movimiento altamente organizadas, como lo
psíquico, y no solo a la conciencia. En efecto, una de las propiedades
ingénitas al psiquismo es su carácter activo, dado en la facultad de algunos
animales y del hombre de dirigirse a la búsqueda de la satisfacción de sus
necesidades. Y eso solo puede hacerlo quien psiquismo posea, cuya función es
diáfanamente clara: reflejar la realidad para regularse definitivamente en ella, es decir, adaptarse a las condiciones en que
vive. Lo psíquico y su carácter activo es una y la misma cosa. Lo psíquico
surge, se expresa y se desarrolla en su actividad. No hay psiquismo humano --ni
animal-- sin actividad humana --ni animal. Una vez que lo psíquico inconsciente
surge alrededor de los 40 días de nacido, ya no es posible escapar nunca más de
sus predios, ni durmiendo, porque lo psíquico seguirá regulando todo el tiempo,
hasta en los sueños.
Una pequeña y oportuna digresión.
A juicio nuestro, lo mismo que el profesor, el
investigador está obligado a hacer fácil lo que es difícil, a modo de no hacer
más confuso, con sus explicaciones, lo que ya en sí lo es, como los fenómenos
psíquicos. Y el pensamiento dialéctico, susceptible de ser educado en el
hombre, es el único que promete arremeter contra tales vicios. El investigador
debe blandir el “bisturí de doble filo” para dividir en el análisis el todo, en
las partes que le son constitutivas –¡por naturaleza!--, y no sumar hechos de
otro tipo que corresponden a otras plataformas teóricas, o empíricas
diferentes. Con ello queremos advertir que ni la atención ni la memoria
son formas de regulación del psiquismo, por lo tanto, no pueden hallarse
implicadas bajo índole alguna en la explicación de aquel objeto de estudio. En
efecto, lo psíquico no puede funcionar sin lo fisiológico, pero lo uno y lo
otro son incuestionablemente independientes. Por un lado, porque son formas
diferentes de movimiento de la materia y, por otro, si lo psíquico es una
propiedad de la materia altamente organizada y, por ende, superior a lo
bilógico-fisiológico, entonces no pueden explicarse fenómenos de naturaleza
psíquica –lo superior-- mediante conceptos de índole biológica –lo inferior.
Aquí no son aplicables las Navajas de W.Occam. Y todo esto, sin contar el
empleo de conceptos que nada tienen que ver con el objeto de estudio psíquico, v.g., instancia, almacenamiento, filtro, esquema, etc., de los cuales están invadidas hoy determinadas
corrientes en la psicología, como la cognitiva. Estamos impugnando, en este
sentido, al propio autor citado con anterioridad, Goleman (1997), cuando
expresa:
las tres instancias [las cursivas son añadidas]
de la conciencia: el almacenamiento, el
filtro sensorial y la mayor parte de la memoria a largo plazo [las cursivas
son añadidas] son inconscientes. El preconsciente es la parte de la memoria a largo plazo [las cursivas son
añadidas] en que se activan parcialmente los
esquemas [las cursivas son añadidas]. Los
esquemas más activos [las cursivas son añadidas] son los que finalmente
alcanzan la conciencia. (p.122)
Esto deviene muy importante, pues con ello
podría concederse a la psicología un poco más de meticulosidad categorial. El hecho de ser una ciencia social y no
tener otra forma de expresión que no sea el lenguaje cotidiano, hace peligrosamente
vulnerable los resultados que se obtienen en sus investigaciones, debido a que
conceptos que pertenecen al lenguaje coloquial –o de otra ciencia-- son
esgrimidos al libre arbitrio para denotar la explicación de una realidad, cuya
existencia se debe a la relación de conceptos teóricos, si es que consideramos
pertinente la observación incólume de la objetividad y validez de los
constructos científicos que se acuñan.
Volvamos a la explicación trazada por el
objetivo que nos orienta en este artículo.
El hecho de considerar lo consciente y lo
inconsciente como contrarios dialécticos hace que demos al traste con que lo
inconsciente pudiera expresarse allí donde no se hace posible la formación de
los conceptos, como en los animales que poseen psiquismo o como en las aves
vocingleras, como la cotorra, el papagayo o el loro. Por eso, ningún animal
podría, por ejemplo, clasificar, debido al hecho –tan simple, pero complejo--
de que no pueden construir el criterio clasificatorio, porque no les es posible
la abstracción como reflejo mediato de la realidad objetiva. Y ello advierte,
en consecuencia, que en el animal no existe, al igual que en el niño de edad
temprana, el pensamiento, como forma de regulación psíquica mediata sobre el
comportamiento. Por ende, estaríamos lejos de pensar en la existencia de un pensamiento manual concreto, visual por imágenes o visual por acciones,
tal cual aparece registrado en la literatura especializada. A propósito, no es
el analizador visual el único que nos permite reflejar nuestra realidad y
configurar un conocimiento más o menos objetivo de ella. También nos son
inherentes fundamentalmente los analizadores auditivo, olfativo, táctil y
gustativo, con los que nos formamos una imagen bastante integra del mundo que
nos circunda. Por eso no resulta ocioso pensar como lo hace Engels (1982), al
afirmar que
Es siempre el mismo yo quien percibe y elabora [las cursivas son añadidas]
todas esas diferentes impresiones de los sentidos, expresa acertada y
oportunamente Engels (1982), reduciéndolas a unidad, a la par que las
diferentes impresiones a que nos referimos –está aludiendo a las visuales,
olfativas, auditivas, gustativas y táctiles-- son suministradas por la misma
cosa y aparecen como cualidades comunes
[las cursivas son de Engels] de ella, que nos ayudan a conocerla. El explicar y
reducir a cohesión interna estas diferentes cualidades, asequibles solamente a
los diferentes sentidos, constituye cabalmente el cometido de la ciencia…
(p.198)
Lo consciente no puede devenir inconsciente,
ni viceversa. Y es que el contenido y la dinámica en estos niveles de
regulación psíquica responden a naturalezas muy diferentes.
Cuando alguien preguntó al antiguo campeón mundial de ajedrez José
Capablanca, afirma Goleman (1997), cuántas posibilidades veía sobre el tablero
cuando estaba pensando en una jugada, él respondió: “¡Solo una, la correcta!”
(p.104). En este sentido, continúa expresando el autor, la pericia constituye una especie de sobreaprendizaje [las cursivas
son añadidas]. A diferencia de lo que ocurre con el novato, la persona experta no tiene que pensar en
los pasos que debe dar. (p.104)
Aquí hay mucha “tela por donde cortar”, cuando
de dialéctica de lo consciente y lo inconsciente se trata.
Primero. Esa respuesta del excelso trebejista cubano nada tiene de parangón
con su experticia. No en balde al ajedrez se le denomina el juego-ciencia y
cuando de ciencia se trata solo es posible hablar del pensamiento correcto. ¡Y
el pensamiento correcto es solo uno! Por eso, lo mismo sucedía con Einstein,
cuando en 1917 se confirmaba su hipótesis formulada dos años antes sobre la
posibilidad de que luz se curve al chocar con un cuerpo macizo como el sol,
hecho que pudiera demostrarse a través de un eclipse total de sol y que tendría
lugar en mayo de ese año. Invitado y recibido con júbilo en noviembre de ese
mismo año por la Sociedad Real de Astronomía de Londres, el hombre de ciencias
alemán fue afrontado por un osado joven periodista: --Y si el eclipse no
hubiera tenido lugar Doctor, su hipótesis no se hubiese demostrada, –le
interpeló. A lo que Einstein lacónicamente le respondió: --en ese caso, hubiera
sentido lástima por el buen Dios porque mis cálculos eran correctos. ¡Exacto!,
la ciencia no es otra cosa que conocimiento correcto. Para el pensamiento
dialéctico o teórico, no hay más que una respuesta: la correcta.
Segundo. Si el sistema supuestamente teórico del que Goleman parte, defiende
la obtusa idea de que lo consciente deviene inconsciente por experticia,
entrenamiento o repetición, como piensa también la mayoría de los tratadistas
sobre la temática, entonces puede pensarse como él lo hace, alimentando la
falsa hipótesis de que cualquier persona, bajo entrenamiento estricto y
riguroso, puede llegar a ser campeón mundial de ajedrez, como lo fue el
trebejista cubano José Raúl Capablanca desde 1921 hasta 1927, al derrotar a E. Lasker.
Negada le está la razón, en este mismo
sentido, al biólogo norteamericano Lipton (2010), al aseverar que
Ambas mentes cooperan también a la hora de aprender comportamientos
complejos que después serán ejecutados de
forma inconsciente [la cursiva es añadida]. ¿Recuerdas el primer día que te
sentaste emocionado en el asiento del conductor, preparado para aprender a
conducir? La cantidad de cosas que tenía
que procesar la mente consciente resultaba abrumadora [la cursiva es
añadida]. Mientras mantenías la vista clavada en la carretera, tenías también
que mirar el espejo retrovisor y el lateral, prestar atención al cuentakilómetros
y a los demás indicadores, utilizar los dos pies para los tres pedales del
vehículo y tratar de permanecer en calma, sereno y sosegado [sic] mientras conducías bajo la atenta
mirada de los demás. Pasó bastante tiempo
antes de que todas esas pautas pudieran almacenarse en tu mente. Hoy en día
[sic], te metes en el coche, lo pones
en marcha y revisas sin darte cuenta la lista de la compra [sic] mientras el subconsciente se
encarga de activar todas las complejas habilidades necesarias para conducir sin
problemas por la ciudad, sin que tengas
que pensar ni una vez en cómo se conduce. (p.130)
Una y otra vez la antológica, perversa y
tristemente célebre idea de que se aprende primero conscientemente y luego
dichos aprendizajes pasan a formar parte de lo inconsciente. ¡Falso! Es
francamente contradictorio Lipton (2010) con sus propias ideas, al enfatizar
que “…la mente subconsciente no es más que un aparato de reproducción refleja que funciona mediante un mecanismo de
estímulo-respuesta [la cursiva es añadida]” (p.103). “Los actos de la mente
subconsciente –continúa afirmando el autor-- son de naturaleza refleja y no están controlados por la razón o el
pensamiento [la cursiva es añadida]” (p.102).
Si esto último fuese así, entonces que el
autor demuestre cuándo lo psíquico consciente tuvo tiempo de procesar aquellos
aprendizajes bajo tal mecanismo –como él lamentablemente le denomina. ¿Acaso
los aprendizajes por estímulo-respuesta son regulados conscientemente? ¿No alega con extrema firmeza el propio
autor que lo inconsciente no está controlado por el pensamiento –lo consciente?
¿No ha pensado este investigador que conducir un automóvil por la ciudad no es
para nada lo mismo que manejarlo instrumentalmente? No es lo mismo poner en
marcha un vehículo que conducirlo por las calles y avenidas de una ciudad. La
conducción de un vehículo no solo exige que dominemos las operaciones
–inconscientes— de ponerlo en marcha, sino también de que sepamos orientarnos
en el lugar. Y esa orientación, dada por los objetivos que persigue el
conductor, es de naturaleza psíquica consciente. ¿Acaso un niño de edad
temprana no pudiera aprender a manejar un vehículo con mucho mayor rapidez y
menor esfuerzo que un adulto, si se le entrenara bajo determinadas condiciones?
Al fin y al cabo, el niño de esta edad no se haya bajo el acompañamiento
simultáneo y cómplice de lo consciente. Baste señalar los esfuerzos
descomunales que realiza el adulto para aprender un idioma foráneo –a veces sin
resultado alguno— y, sin embargo, ello es una actividad completamente
imperceptible para el pequeño. Los aprendizajes inconscientes deben tener lugar
en los primeros estadios del desarrollo psíquico, en los que ontológicamente no
hay predominio alguno de lo consciente.
Tercero. D. Goleman se ve obligado a emplear un término, por cierto, nada
compatible con la ciencia psicológica, como el de sobre aprendizaje para indicar la genialidad de este hombre sobre
el tablero de las blancas y las negras. Así ha sucedido generalmente en la
psicología, ciencia que puede también danzar al ritmo de la vida cotidiana.
Dicho de otro modo, el concepto empírico puede ser defendido a ultranza como
teórico, justo cuando el investigador se ve en un callejón sin salida, al
denotar la importancia de la temática que defiende o para resultar creativo
ante la comunidad científica en el campo del saber dado. Conceptos tales como pistas, canales, eventos, supracategoría, mapas conceptuales, mapas de
goma, cartografía conceptual, embudo
cognitivo y otros, son invocados en nombre de la seriedad científica en la
ciencia psicológica. Las leyes primarias del aprendizaje, formuladas por el
psicólogo norteamericano E. Thorndike en las postrimerías del siglo XIX y los
albores del XX, han sido lamentablemente vulneradas en los estudios sobre el
particular y olvidadas en algún rincón de su propia casa.
Cuarto. Es alta la probabilidad, para no ser absolutos, de que las aperturas
en el ajedrez, como la Siciliana, Vienesa, Escocesa, Rusa o Española, así como las
defensas Philidor, Caro-Kann o Alekhine, etc., puedan ser realizadas bajo el
aprendizaje simple de E-R, pero esa arrogancia instrumental inconsciente pronto
desaparece por la necesidad de pensar en las nuevas combinaciones o relaciones
que se suscitan sobre el tablero. El entrenamiento solo puede aportar un número
limitado de jugadas, que se esfuman invariablemente cuando el juego ciencia
llega a su pleno desarrollo y desenlace. Esto significa que por muy experto que
sea la persona sobre el tablero, está obligada a pensar –conscientemente-- bajo
la presión de múltiples alternativas que como relaciones sobre él afloran, pero
en el que solo una de ellas constituye la opción correcta para ganar la jugada
de turno o la partida. Y esa posibilidad no le es dada a todo el mundo, sino a
un hombre de ciencias como lo fue el gran pensador trebejista cubano.
Quinto. Y esta es la idea más importante. A nuestro juicio, es totalmente
falsa la tesis conclusiva que tristemente defiende Goleman, según la cual
considera que, a diferencia de lo que ocurre con el novato, la persona experta
no tiene que pensar en los pasos que debe dar. A estas palabras subyacen dos
problemáticas más, también relevantes:
a) Cuando de “pasos” se habla, entonces ya la problemática se reduce a las
denominadas operaciones psíquicas, o sea, instrumentaciones de naturaleza
inconsciente destinadas a ejecutar una actividad sin la participación del
pensamiento, sin la intervención de lo consciente. Dichas operaciones siempre
fueron, son y serán de naturaleza inconsciente. La posibilidad de que se
conviertan en instrumentaciones conscientes es nula, al menos desde el punto de
vista lógico. La regulación psíquica inconsciente, manifiesta en su plano instrumental
mediante las operaciones, no da cabida al pensamiento, el cual se ejecuta a
través de instrumentaciones psíquicas de naturaleza consciente: las acciones.
Acciones y operaciones configuran la unidad dialéctica de la vida psíquica
humana, pero las segundas no se hallan imbricadas con el pensamiento. No es de
dudar que al jugar ajedrez, la persona se vea inmersa en el despliegue
instrumental conjunto de acciones –conscientes-- y operaciones
–inconscientes--, pero eso no debe asumirse como que una de ellas devino la
otra. En otras palabras, lo consciente no ha de transformarse jamás en
inconsciente, ni lo segundo en lo primero. No desestime el hecho de que nos
referimos justamente a la naturaleza
de cada uno de los dos tipos de regulación psíquica: la consciente y la
inconsciente. De modo tal que cuando de naturaleza de algo se habla, se alude a
que desde siempre ha sido y seguirá respondiendo a determinadas propiedades
fijas desde su nacimiento, a propiedades que existen per se en el objeto de estudio. Y no es posible su variabilidad,
pues entonces ya no pudiéramos considerarlas así por naturaleza. Esa es la brecha trascendental y frágil que dejó
abierta Freud en su sistema teórico, representado en el iceberg y que múltiples
especialistas de la temática asumen como lícita. Es imposible que un contrario
se convierta en otro, desde el punto de vista lógico. Digamos, en la relación
dialéctica hombre-mujer, a modo de facilitar ilustrativamente la explicación,
es improbable que el hombre se convierta en su contrario: mujer, o viceversa,
aunque dialécticamente sea posible, pues se presuponen y contienen en su
esencia misma.
b)
Sería atinado preguntarle al filósofo
norteamericano --D. Goleman-- si no tiene él que pensar en las ideas a defender
sobre el objeto de estudio en el que intenta penetrar, por muy experto que sea
en las ciencias sociales. Cuando del pensar se trata, está demás hacer alusión
alguna a la regulación inconsciente, aun cuando en lo absoluto debe
desestimarse. No son pocos los que en sueños han hallado alguna de las
condiciones necesarias para solucionar sus problemas de investigación, como el
célebre pensador ruso D. Mendeleev, al periodizar los elementos químicos en su
archiconocida Tabla periódica. Aun así, no existe una regulación psíquica más consciente
que cuando nos concentramos en el análisis de un objeto o en la relación de las
partes que lo configuran, con el objetivo expreso de penetrar en su esencia, en
aquello que no está dado a la observación como propiedad determinante de aquel,
sino en las leyes de su comportamiento, en las causas de su surgimiento, en las
contradicciones que le son inherentes y en las tendencias de su desarrollo. Tal
es la magnitud de ascensión epistémica de un proceso psíquico inigualablemente
consciente como el pensamiento teórico, al cual no todos tenemos acceso. A
propósito, no deben soslayarse oportunamente las investigaciones conjuntas
realizadas entre Canadá y EE.UU. y que focalizaron con poco rigor, a nuestro
modo de ver, obviamente, las habilidades de pensamiento como objeto de
investigación y que conformaron el denominado Proyecto Delphi, bajo los
auspicios de la Asociación Norteamericana de Filosofía. Los resultados del
mencionado proyecto no dieron al traste, pensamos con toda convicción, con
aquellas habilidades que, según el mencionado panel de expertos, debían
sostener el concepto de pensamiento crítico, hecho psíquico que ha devenido
punto neurálgico en los currículos universitarios como asignatura básica
facultativa. En aquella oportunidad, la interpretación,
el análisis, el razonamiento lógico-crítico, la evaluación, la inferencia y la explicación
fueron publicadas, en “El informe Delphi” (1990), como las habilidades
cognitivas que conformaban el pensamiento crítico. A juicio nuestro, este
problema, no por manido debe considerarse resuelto. Este late como ningún otro
en el tintero de la ciencia urgida. Por ello, dedicaremos un próximo artículo
científico sobre el particular, pues de acuerdo con el objetivo del presente,
no podemos abordarlo con toda severidad.
Asimismo, ninguna razón le asiste a Goleman
(1997) para alegar que
Cuando las cosas funcionan de forma fluida, ejecutamos muchas
actividades de manera inconsciente; pero
la presencia de alguna dificultad [la cursiva es añadida] nos obliga a
parar por un momento o a adoptar un ritmo más lento a la hora de llevar a cabo
nuestras tareas. (p.104)
El hecho de que Ud. preste más atención de lo
normal a una situación que resulte ahora mismo de elevada dificultad, no
significa que la situación, anteriormente controlada por lo inconsciente, pase
a ser gobernada ahora por la conciencia. Si así fuese, entonces resultaría
francamente admisible identificar lo consciente con la atención y establecer la
falsa función –como ecuación— en la que las variables consciente-atención
resultan legítimas y en la que lo consciente podría ser directamente
proporcional a la atención. O sea, de considerar lícita dicha relación,
entonces no cabe duda de que tendríamos que focalizar la atención como hecho
fisiológico y lo consciente, como psicológico, dada su reconceptualización
debido a los planos diferentes de análisis, pero admisibles por ser una y la
misma cosa. Y eso no es plausible, al menos para el caso dado. Los planos de
análisis no pueden superponerse, no pueden identificarse. Los sistemas
analíticos han de ser irreductibles, por el simple hecho de responder a un único
criterio de relación de medida o a líneas nodales de relación de medida muy
distintas.
En efecto, la fluidez no es a lo inconsciente,
como la lentitud no es a lo consciente, como pretende defender el archiconocido
psicólogo norteamericano, el cual, en ese mismo contexto, es aún más desatinado
teóricamente, al decir que “el aprendizaje de cualquier nueva tarea requiere la
máxima atención para asimilar todos los procesos de la misma [y que] el nivel
de maestría solo se alcanza, continua expresando Goleman (1997), cuando la tarea puede realizarse sin pensar
siquiera en ella [las cursivas son añadidas] o ejecutarse de manera
automática” (p.104). ¡Falso! De ser teóricamente aceptable esta idea, entonces
los aprendizajes en la edad temprana infantil, justo cuando aún no ha surgido
la conciencia de sí, por el hecho de
que provienen incuestionablemente de nuevas tareas, serían desesperadamente
conscientes, como lo sería aprender a hablar, a caminar, a vestirse, a bañarse,
aprender a comer con cuchara y tenedor, así como los aprendizajes que tienen
lugar en los grados iniciales de la educación primaria, a saber, aprender a
escribir, a leer, a realizar el cálculo aritmético a raíz de las tablas de
sumar, restar, dividir y multiplicar, etc. Nada más lejos de la verdad. La
regulación psíquica en las primeras edades, así como en los grados iniciales de
la primaria, son francamente inconscientes.
Baste señalar la periodización del desarrollo
intelectual infantil del destacado psicólogo ginebrino J. Piaget, que descansa
en las etapas de la construcción de las operaciones, en la que claramente se
advierte que aproximadamente hasta los 11-12 años, en el niño tiene lugar la
formación y desarrollo de las operaciones concretas,
resultado de su interacción con el mundo en el plano instrumental motor
preponderantemente, lo que indica la obtención de aprendizajes de naturaleza
inconsciente.
Desde la aparición del lenguaje, refiere Piaget (2013), o, más
precisamente, de la función simbólica que posibilita su adquisición (1,6 a 2
años), se inicia un período que se extiende hasta los 4 años y que asiste al
desarrollo de un pensamiento simbólico y
preconceptual [la cursiva es añadida]. Entre los 4 y aproximadamente los 7
u 8 años se constituye, en continuidad íntima con lo anterior, un pensamiento intuitivo [la cursiva es
añadida], cuyas paulatinas articulaciones conducen al umbral de la operación.
De los 7 u 8 años a los 11 o 12 años se organizan las “operaciones concretas”,
vale decir, los agrupamientos operatorios
del pensamiento [la cursiva es añadida] que recaen sobre objetos
manipulables o pasibles de ser intuidos. A
partir de los 11 o 12 años y durante la adolescencia se elabora por último el
pensamiento formal [las cursivas son añadidas], cuyos agrupamientos
caracterizan la inteligencia reflexiva consumada. (p.159)
Como bien puede advertirse, la tipología
empleada por Piaget sobre el pensamiento, en las primeras edades, está
imbricada con lo simbólico, lo
preconceptual, lo intuitivo y lo operacional, sin dudas, todas formas
manifiestas de lo inconsciente. A propósito, ahí subyace uno de nuestros puntos
de desencuentro con el referido autor, en lo que a pensamiento concierne. A
juicio nuestro, el pensamiento –lo consciente-- solo existe en conceptos, por
lo tanto, solo aparece con el aprendizaje de los primeros conceptos empíricos.
Los restantes fenómenos psíquicos que le anteceden son de naturaleza
inconsciente, por ende, perceptuales-motrices u operacionales, como él mismo
apunta en sus obras sobre el desarrollo del intelecto infantil.
En la
vida psíquica del niño de la educación primaria, hay un predominio de la
regulación psíquica inconsciente sobre la consciente. Lo inconsciente prevalece
durante las primeras etapas del desarrollo ontogénico infantil. Un argumento
más que puede esgrimirse a favor de esta última conclusión, ha de deducirse de
las investigaciones cuyo objeto de estudio focaliza la dinámica del denominado
almacenamiento de información, a través de la valoración encefalográfica de la
actividad eléctrica cerebral. De acuerdo con la interpretación de las imágenes
eléctricas del encéfalo, se ha concluido que “…la actividad electroencefalográfica
de los niños revela que en cada etapa de desarrollo predomina una onda cerebral
específica” (Lipton, 2010, p.126). Así, desde el nacimiento y hasta los dos
años, el cerebro humano predominantemente opera, según Laibow, 2002; citada por
Lipton, 2010, con las frecuencias electroencefalográficas más bajas –ondas delta (0,5-4 Hz). Entre los dos y los
seis años, el nivel electroencefalográfico del niño se caracteriza por las
ondas theta (4-8 Hz), a diferencia de
la “activación de la conciencia” o el “rendimiento máximo” en el adulto,
identificados con las ondas beta (12-35
Hz) y las gammas (>35 Hz),
respectivamente. Aquellas ondas
cerebrales bajas que permanecen en el infante denotan su elevada
sugestionabilidad y, por ende, su dependencia de la influencia reguladora que,
sobre él, casi por entero, debe ejercer el adulto.
Como sabemos,
la hipnosis, técnica de inducción utilizada ampliamente en la psicoterapia, es
un estado de inconsciencia semejante al sueño que se produce por sugestión, y
que se caracteriza por el control de la voluntad de la persona a las órdenes de
quien se lo ha provocado. El estado de somnolencia (theta) y el sueño profundo (delta)
constituyen una puerta que se abre al inconsciente, en el que la parte racional
(ondas beta --estado de vigilia-- y alpha --estado consciente de
relajación--, no está presente. Las investigaciones han
demostrado que, aunque un estado cerebral puede predominar en un momento dado,
los tres tipos de ondas restantes están también presentes en todo momento. Es
decir, mientras una persona está implicada en una actividad mental, produciendo
ondas beta preponderantemente, las
ondas alfa, theta y delta se están
generando igualmente, aunque sólo estén mínimamente presentes.
En los primeros 7 años de vida, el aprendizaje del niño funciona por medio de la hipnosis, predominantemente, pues como
explicamos con anterioridad, predominan las ondas theta y delta. Estos
estados de sugestión tienen su base en la función perceptual-motriz; siempre
van acompañados de una imagen o un movimiento. Por ejemplo, si una madre
castiga a su hijo por tomar lo que no es suyo, esto provocará una fuerte
emoción en el niño, dado que una de las principales necesidades en esa etapa
del desarrollo es la de ser aceptado. No ha de olvidarse que los dos primeros
sentimientos del niño son hacia sí mismo, en forma de orgullo y vergüenza. La
madre le impone la norma que es correcta: para tomar las cosas ajenas, antes
hay que pedirlas prestadas. Esta conmoción será acatada por sugestión, sin la
participación de su razonamiento consciente, dejando así huellas mnémicas en su
inconsciente y, con ello, estará abocado, en el futuro, a vivenciar esos mismos
sentimientos y emociones al encontrarse en situaciones similares. Es por ello
que las normas y reglas en la primera etapa del desarrollo moral del niño,
llamada por Piaget moral heterónoma,
no exigen ser explicadas para sostener la razón del comportamiento esperado. Si
argumentamos demasiado una norma, perdemos autoridad delante del niño; le
confundimos y desplazamos el foco de su atención. Antes de los 7 años, se hace
necesario indicarles las reglas con frases cortas, sencillas y siempre una por
vez; ese es el dictado que exige ese tipo de regulación psíquica. Hemos
ejemplificado el particular con el aprendizaje de la norma, pero lo mismo
ocurre con cualquier tipo de creencia, muchas veces derivadas en limitantes.
En el caso del adulto, donde los procesos de maduración han ido
condicionando los estados conscientes de aprendizaje, los estados hipnóticos no
dejan de influir en el comportamiento. De ello es testigo cuando vamos a
comprar un producto, los gustos musicales, las preferencias políticas, etc.
Ello demuestra que la hipnosis está alrededor de nosotros y ocurre todo el
tiempo. El océano del inconsciente nunca secará sus aguas.
La problemática de lo consciente y lo
inconsciente ha llevado al también hombre de ciencias norteamericano H. Gardner
a concebir la descabellada idea de las inteligencias múltiples que poco o nada
tiene que ver con la psicología científica (Bermúdez, Rodríguez y Bermúdez,
2014).
Todas estas posiciones de cuestionable validez
teórica brotan de la misma fuente. Por un lado, los investigadores no toman
conciencia de la dualidad del universo, de la dialéctica objetiva de la naturaleza,
traducida en la dialéctica subjetiva –teórica-- del pensamiento. Las palabras
de Engels (1982), asumidas por nosotros como exergo inicial del artículo,
pueden corroborar la evidencia teórica.
En realidad, nadie puede despreciar impunemente a la
dialéctica. Por mucho desdén que se sienta por todo lo que sea pensamiento
teórico, --asevera el gran pensador alemán-- no es posible, sin recurrir a él,
relacionar entre sí dos hechos naturales o penetrar en la relación que entre
ellos existe. (p.39)
La dialéctica de la vida psíquica exige
inexcusablemente la relación de los dos polos que la constituyen.
Todo esto nos impele a pensar en la necesidad
inobjetable de establecer determinados indicadores, alrededor de los cuales
giren consecuente y coherentemente la naturaleza inconsciente y consciente del
psiquismo humano, de modo que no quede brecha alguna que promueva la
posibilidad de yuxtaponer términos incompatibles con la tipología de dicha
regulación.
En este sentido, hemos construido, como
criterios cardinales de identidad de lo inconsciente y lo consciente, los
parámetros siguientes. A la naturaleza inconsciente de la vida psíquica humana
le es inherente, pensamos, el reflejo perceptual-motriz e inmediato, en tanto
lo consciente se traduce en el reflejo conceptual, mediato y autorregulado de
la actividad humana (ver tabla 1). Sobre el particular, puede consultarse
nuestra obra: Psicología del pensamiento
científico, 2001.
Tabla 1: “Características fundamentales de los
tipos de regulación psíquica, según Rodríguez-Bermúdez”
|
Regulación inconsciente |
|
Regulación consciente |
||||||
|
Reflejo: |
|
|
Reflejo: |
|
||||
|
|
§ perceptual-motriz |
|
|
§ conceptual |
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|
|
§ inmediato |
|
|
§ mediato |
||||
|
|
§ regulado por el otro |
|
|
§ regulado
por sí mismo (autorregulado) |
||||
Fuente: datos de la investigación
Elaborado por: autoría propia
Considerando la fluidez y la lentitud como
características señaladas más arriba por Goleman para valorar el carácter
consciente o inconsciente de un fenómeno psíquico, pensamos que tanto lo
inconsciente como lo consciente pueden ser tan “fluidos” como “lentos”, si por
ello se tiene en cuenta la rapidez o destreza con que se ejecuta una acción o
una operación. Es más, fluida o lenta no es la regulación psíquica en sí, sino
la persona misma que actúa. No debiéramos olvidar, a propósito, el temperamento
de la persona, que necesariamente descansa en la tipología del sistema nervioso
superior, investigación premiada con el Nobel al célebre fisiólogo ruso
I.P.Pavlov, en 1904. Sería mucho más riguroso considerar en el análisis la participación o no del pensamiento en su
ejecución y, en consecuencia, la
complejidad de la actividad. Lo que no puede suceder, metafóricamente
hablando, es que el bosque –el todo— no nos deje ver los árboles– las partes.
Las partes se funden, formando el todo, y han de responder, incuestionablemente,
a las mismas propiedades del todo. Si las partes reflejan los patrimonios del
todo, solo que, a menor escala, entonces debemos tener sumo cuidado en atribuir
a dichas partes determinadas características o propiedades que no le son
inherentes a ellas. Eso es de extremo peligro en la investigación científica,
sobre todo de sesgo social. Lamentablemente, por muy rigurosos que seamos en
las investigaciones de este tipo, siempre estará de nosotros colgando la Espada
de Damocles, en términos de objetividad, pues la subjetividad no es posible
eliminarla de la persona que investiga. Hacer objetivo lo que es de naturaleza
subjetiva, como ocurre en las ciencias psicológicas, es el mayor problema que
debe resolver a cada instante el investigador en esta área del saber. De ahí
los devaneos quijotescos del arsenal instrumental-metodológico y,
consecuentemente, epistemológico en dichas ciencias.
En resumen, la respuesta unívoca sobre la
relación consciente-inconsciente debemos hallarla en la tesis que admite el
carácter irreductible del contenido de la conciencia a lo inconsciente y
viceversa.
CONCLUSIONES
§ La relación entre lo consciente y lo
inconsciente debe ser dialéctica, no de subordinación, al menos desde el punto
de vista lógico.
§ Bajo los dictados de la dialéctica, lo
consciente y lo inconsciente, dentro del sistema relacional explicativo que nos
ocupa, no podrán sustituirse ni convertirse el uno en lo otro, sino oponerse y
presuponerse en el juego sempiterno de su dinámica y coexistencia.
§ El criterio de clasificación por accesibilidad
al reflejo psíquico consciente o inconsciente, no expresa más que una
limitación epistémica de la ciencia psicológica.
§ El reflejo psíquico consciente permite la
regulación social del comportamiento, o sea, la autorregulación, mientras que
el reflejo psíquico inconsciente posibilita una forma de regulación natural.
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